"A mi madre la tenían del cuello: era ella o ellos y por eso tiré para ahuyentarlos"

Policiales 24/04/2016
El homicida, que se presentará en estos días en Tribunales, rompió el silencio y dice que actuó en legítima defensa ante una agresión sufrida por su madre cuando salía de su casa.
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Lucas Emanuel F. la semana pasada cumplió 23 años y decidió festejarlo la noche del viernes 15 en casa de su novia Carina, una mujer de 37 con quien vive hace un mes en un departamento de un dormitorio y con balcón a la calle de Cochabamba 329. A las cinco de la mañana del sábado la fiesta había terminado. La madre de él, de 37 años; su tía, de 23; la novia y tres amigos de Lucas salieron a la calle. El se quedó en el departamento mientras el grupo que estaba en la planta baja dijo, al hacer la denuncia en la comisaría 4ª, que dos jóvenes quisieron robarles. Lucas en ese momento escuchó gritos y se asomó al balcón. Dice que una persona tenía “aferrada a mi madre del cuello y le apuntaba con un arma. Se desesperó. Fue a su cuarto y agarró una pistola 9 milímetros que compró “hace un mes”. Pensó: “Es mi madre o ellos” y tiró al bulto, ”para ahuyentarlos”. La bala perforó la clavícula izquierda de Matías Ratari y lo mató. Lucas sabe que su vida será otra y su abogado, Marcos Cella, le aconsejó que se ponga a disposición de la Justicia y se entregue en estos días.

   El chico dice tener miedo y piensa que alguien puede tomar represalias por esa muerte de la que no se enteró hasta el domingo 17, al leer La Capital. En cada palabra busca respuestas a un hecho que considera “de mala suerte”. Hace una semana que Lucas vive en casa de amigos. Su novia abandonó el departamento donde ocurrió el hecho. Y la vida es otra para todos.

   — ¿Que pasó esa noche?

   — Yo festejaba mi cumple y cuando terminó, mi mamá, mi tía, mi novia y tres amigos bajaron para irse. Esperaban un taxi pero llegó otro que no era para ellos. Mi novia los despidió y subió al departamento. Escuchó una bocina y gritos como «quedate quieta, dame todo». Me asomé y vi a un tipo agarrando a mi mamá. Me desesperé y quería defenderla. Eran dos. Mientras uno tenía a mi vieja, el otro golpeó a un amigo y le robó el teléfono. Mi madre tuvo un ACV hace dos meses y por eso me preocupé más. Fui al dormitorio, agarré el arma y disparé para ahuyentarlos, varias veces.

   — ¿Y después?

   — Subimos al departamento a mi madre que estaba en shock y llamamos a una médica del edificio. Después vino la policía, un oficial entró al departamento con una planilla y vestido de azul. Nos preguntó qué pasó. Después bajamos todos, mi madre seguía mal: lloraba, se ahogaba y la cargamos en un taxi para llevarla al Hospital Provincial.

   — ¿Por qué tenías una pistola calibre 9 milímetros con balas teflonadas y la numeración limada?

   — Me robaron muchas veces. Me ven así vestido (con buena ropa), mansito y me roban. A mi novia, Carina, le robaron varias veces también y hace un mes compré este arma en Tablada. Por amigos supe que las vendían, pagué 2 mil pesos y no sabía ni de las balas de teflón ni de la numeración limada. No sé nada de armas y nunca hice un curso de tiro. Disparé para defender a mi madre, pensé que la mataban.

   — ¿No se te ocurrió disparar al aire?

   — No, para nada.

   — ¿No conocías al hombre que apretaba a su madre?

   — No. Trabajo todo el día. Nunca tuve antecedentes penales, nunca caí preso.

   — ¿Tu madre era rehén y disparaste hacia donde ella estaba?

   — Me robaron tres veces este año, disparé sin apuntar. No supe ni siquiera a qué le di. Sólo vi a un muchacho que salía corriendo. Cuando bajamos no vi el cuerpo ni nada. Sólo había policías. No me enteré de nada. Todo fue muy rápido y reaccioné cuando vi a mi madre en ese estado. Mi mamá vino a Rosario (vive en Mar del Plata) por una operación. Me preocupaba ella.

   — ¿Recordás cómo fue la situación?

   — A las 5 más o menos pasó lo del disparo. A las 6 bajamos, a las 7 o 7.30 estábamos en el Hospital Provincial. A las 8 me fui del hospital porque llegaron amigos del pibe.

   — ¿Quiénes eran?

   — Los amigos del pibe. Cayeron al Provincial a los gritos: «¿Dónde están los que lo mataron, a los que les robaron?», preguntaban. Eran cuatro o cinco de mi edad y querían saber si nosotros estábamos ahí. Después se fueron. Me asusté, pensé que me iban a matar. Me fui a la estación de servicios de Pellegrini y Sarmiento a tomar un café. Le dije a mi novia que se encargara de mi mamá. Después llamé a mi novia y volvimos al departamento.

   — ¿No tuviste curiosidad por saber lo que había pasado?

   — No. El sábado le llevé plata a mi hijo. Soy separado y trabajo con mi padre en un taller de bobinados. Además soy músico, toco cumbias en una banda. No me preocupé hasta que al otro día vi el diario.

   — ¿Que pasó entre ese día y hoy?

   — Ese sábado volvimos al departamento. El arma quedó guardada en el cajón con mi ropa y perfumes. Mi madre se fue a Mar del Plata sin saber qué había pasado. El domingo a las 6 de la mañana llegué al departamento con mi novia y estaba todo revuelto y la puerta rota. Los muebles patas para arriba. No estaba el cajón, ni el arma. Faltaba plata, computadoras, mi perfume y mi ropa. Ahí supe que el pibe había muerto porque fui a hacer la denuncia del robo y me recomendaron leer el diario. Después supe que me habían allanado.

   — ¿Por qué dejaste el arma allí?

   — No tenía porque llevármela o hacerla desaparecer, hubiera sido fácil. Pero la dejé. La compré por seguridad y no la iba a tirar.

   — ¿Cómo sigue tu vida?

   — Ando mirando la calle por todos lados. Tengo pánico por mí y por mi familia. Sólo quise defender a mi madre. Dejamos el departamento de Cochabamba y vamos a ver qué pasa, cómo sigue. Confío en la Justicia, tengo muchísimo miedo, no tuve otra opción más que disparar. No sé qué puede pasar, pero mi padre dice que él prefiere que esté preso y no así. Quiero que esto se aclare. Tengo miedo de que me maten.

   — ¿Ante una situación similar volverías a disparar?

   — Ojalá no, pero lo volvería a hacer. Defendería a mi madre y a mi familia.

   Lucas y su padre dejan el estudio del abogado y se van con un remisero de confianza a su casa. El padre, durante la entrevista, sufrió una leve taquicardia. El joven mira hacia un lado y otro, está seguro de algo: “Todos saben quién soy”. No le interesa el fútbol ni el clásico de hoy. No conoce a nadie en Tablada. Se agacha y se mete al auto que lo mantiene en un anonimato efímero, hasta el momento en que se entregue en los Tribunales.

Fuente: La Capital

 

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