El asesino que tenía que estar preso y mató a balazos a un policía

Policiales 21/04/2016 Por
Rosario - Estaba cumpliendo una condena a 37 años y, sin embargo, lo habían beneficiado con salidas transitorias. Se fugó y cometió otro homicidio.
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Lugar - El agente quiso detener al ladrón en la calle Corrientes al 300 y recibió dos balazos. JUAN JOSE GARCIA

Entró corriendo, agitado. Escapaba de un robo fallido en un comercio y encontró refugio en un bar céntrico de Rosario. A Alejandro Debortoni, un estudiante universitario de 25 años, cliente del lugar, lo sorprendió la escena. Intentó sin embargo calmar al delincuente al ver que le apoyaba el revólver en la cabeza a una moza de 19 años, pero recibió como respuesta un balazo que le atravesó la aorta y apagó su vida. Entonces, Ricardo Albertengo tomó a la chica como rehén. Tras una hora y media de negociación con la Policía, finalmente se entregó. Aquel resonante episodio del 2 de abril de 1994 no sería el último que protagonizaría, aun cuando recibió en una primera instancia una condena a perpetua. Ese fallo fue apelado y la posterior conmutación de penas le permitió obtener salidas transitorias. Volvió a robar reiteradas veces, y hasta encabezó un nuevo asalto con toma de rehenes, en 2009. Fue a un nuevo juicio y lo condenaron a 37 años de prisión.

El último martes 8 de marzo, ya convertido en prófugo de la Justicia tras no regresar en julio pasado de una salida transitoria, mató con frialdad a un policía de 34 años. Le disparó tres veces. El suboficial Mauro Mansilla era padre de una nena de 3 años y aunque estaba cumpliendo servicios adicionales en una proveeduría salió a buscarlo porque una pareja reconoció a Albertengo (47) como el ladrón que los había asaltado unos días antes. Lo alcanzó en un instituto terciario, le dio la voz de alto y recibió la sangrienta respuesta. El delincuente se tomó el tiempo, después de cometer el crimen y frente a testigos, de robarle la pistola al agente.

El caso conmocionó a Rosario y reabrió el debate por la severidad y el cumplimiento de las penas judiciales. Muchos se preguntan cómo el hombre pudo volver a matar cuando cumplía una condena de 37 años. El mismo Albertengo encontró las razones por las que un delincuente puede volver a reincidir en el delito. Fue en 2011, en una entrevista que concedió en la cárcel al diario La Capital. Ya había matado y robado. Ya había tomado rehenes. Purgaba ya la condena a 37 años de prisión que le impuso la Justicia cuando el hombre advirtió que “los mecanismos para rehabilitar no funcionan”, marcaba que el sistema penitenciario es “perverso” y que “la tan mentada resocialización no es más que una mascarada y una farsa”.

“Con la modificación del Código Penal a partir de la ‘ley Blumberg’ podemos tener un techo de hasta 50 años de prisión. Digo, ¿con esto qué? ¿Paramos la inseguridad? ¿Paramos algo? Yo creo que no. ¿La gente cree que el sistema penitenciario, con sus organismos y sus entes, realmente resocializa?”, planteaba desafiante.

La cronología delictiva y judicial de Albertengo impacta. Después del caso de 1994 lo condenaron a perpetua. La apelación de la defensa fue exitosa y consiguió una condena de 20 años. Tres decretos del ministerio de Justicia de Santa Fe permitieron una reducción de la sentencia a 19 años y 2 meses.

En 2007 le otorgaron la posibilidad de tener salidas laborales. Dentro de la cárcel realizó estudios de educación física y comenzó a trabajar en un gimnasio como instructor de musculación. El 20 de octubre de 2009 ingresó en una clínica del bulevar Oroño, pidió turno para practicarse una cirugía facial y encañonó a la recepcionista con una pistola 9 milímetros.

La Policía rodeó el lugar y Albertengo volvió a recurrir a un recurso desesperado: la toma de rehenes. Un milagro impidió que otra vez una acción delictiva suya terminara en tragedia. Los agentes tomaron por asalto la clínica y hubo intercambio de disparos. Una media docena. Nadie terminó herido y el hombre se entregó.

En 2010 firmó un juicio abreviado en el que aceptaba no sólo su participación en el robo de calle Oroño, sino también otros seis asaltos a clínicas y centros de estética cometidos entre agosto y octubre de 2009. Recibió 37 años de condena unificada al acumularse la pena por el crimen de los ‘90.

Su conducta, el tiempo que transcurrió como detenido –más de la mitad de la pena– le permitieron en 2012 solicitar salidas transitorias. La reincidencia, de acuerdo al sistema, no se lo impedía. Pidió el beneficio, pero recién se lo otorgaron en 2014. La jueza de Ejecución Penal Luciana Prunotto lo hizo con la modalidad más restrictiva: 3 horas cada 15 días y acompañado por un agente policial.

En julio de 2015 flexibilizaron el régimen: más horas en la calle y la compañía de un “tercero de confianza” (su mujer). En la primera salida ya no volvió. Y se libró una orden de captura.

“Los requisitos (para las salidas transitorias) son haber cumplido la mitad de la condena, contar con calificaciones de conducta y de concepto muy altas. Y tener una opinión favorable de los organismos penitenciarios respecto al pedido de la defensa”, justificó Prunotto luego de estallar la polémica.

Desde que se convirtió en un prófugo no se supo más nada de él hasta que el mes pasado ejecutó al policía. El viernes 11 de marzo, tres días después del crimen, se entregó porque se vio cercado por los allanamientos. El fiscal Ademar Bianchini tiene, por las pruebas recolectadas, la plena certezas de que se trata del asesino. Lo acusará de homicidio criminis causa, la figura más severa que se le puede aplicar.


Fuente: Clarin

 

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